Día del Amigo. Hoy 20 de Julio en Argentina

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Día del amigo.

Un simple ensayo en homenaje a este día que en realidad es por los 365.

Me desperté sobresaltado al sentir el sonido del timbre del departamento. Sin embargo no perdí la calma pese a estar aún dormido. Encendí el velador y lo primero que hice fue mirar la hora. Las tres de la mañana. No entendía nada. Hice un repaso fugaz y simultáneamente quedé quieto en plena escucha, casi diría que hasta el aliento desapareció en aras de saber lo que sucedía. Siempre pensé y anhelé que en el Día del Amigo todos quienes me querían, me llamarían o vendrían a visitarme. Pero no, no había sonido alguno que me indicara que realmente el timbre había sonado presionado por alguien. No se sentía soplar al viento, no había sonido alguno que me indicara que algún factor climático estaba evolucionando en el sentido de apreciar un sonido como el timbre del departamento. Estoy soñando. He soñado algo que motivó creer que el timbre había sonado ? Ya me había desvelado. Volví a mirar hacia el reloj y eran ….. las tres y un minuto …. Todo eso me había sucedido en tan poco tiempo ?

Me levanté harto de andar cavilando cosas sin sentido. No hacía frío. Fui al baño. No hice nada. Me miré al espejo y medio me asusté. Despeinado, con los párpados bajos, BIEN DORMIDO. Ya que estaba levantado me dirigí a la cocina. Encendí el fluorescente. Alguna delikatessen habría quedado de la cena en lo de Paco, anoche. Delikatessen que había traído en un paquetito que me dió gentilmente Lucía, su pareja. Si, ahí estaba. Sin abrir. Sin tocar. Me pareció que me estaba llamando. Que me estaba esperando. No habrá sido ella quien hizo sonar el timbre a semejante hora de la madrugada ? Me acerqué con cuidado a la mesa y en el momento de pretender desatar el nudo gordiano que primorosamente había hecho Lucía pensé: debería acompañarlo con algo fuerte !

Un café negro, bien negro. Eso tomaría, sí. Me dirigí a la cocina y noté que la cafetera tenía suficiente líquido para una taza, así que la puse al fuego. Abrí el cajón de la mesada y saqué un cuchillo para cortar el hilo del paquete. Corté el hilo. Dejé el cuchillo otra vez en el cajón que había dejado abierto y lo cerré. Busqué una taza, el edulcorante y volví a abrir el cajón para sacar una cucharita. Cerré el cajón y llevé todo a la mesa. La cafetera vibraba. Como siempre. Como siempre se me pasa y sale esa espumita amarronada entre el aluminio de la cafetera y el líquido café negro. No importa, a esa hora ya no importaba mucho. Me serví en el pocillo, previo haberle puesto una cucharita de edulcorante. Me pareció mucho y poco a la vez. Ante la incertidumbre de lo que había puesto, no pensé más y me abalanzé sobre el paquete. Furiosamente lo abrí, rompiendo y ajando el papel, y no paré hasta que descubrí la bandeja de cartón. Ahí estaban, primorosamente ordenados, los pastelitos con dulce de leche. En realidad y pese a no estar muy del todo despierto, noté que de dulce de leche poco y nada y … con lo que me gustaba ……

Coloqué en un platito que estaba solitario sobre la mesa, limpio, listo para guardar, dos o tres pastelitos con una mano y tomé el pocillo con el café con la otra y me dirigí al cuarto. Presentía que en la cama, ingiriendo esos alimentos, podría dilucidar qué había sucedido. Me fijé en el reloj despertador que conservaba de mis padres. Regalo de algún cumpleaños pasado. Eran las tres y diez. No podía aguantar más. Era tal la ansiedad por los pastelitos, la delikatessen como solíamos llamarlos entre los amigos, que me propuse ingerirlos todos juntos, es decir, uno tras otro, previo a eso un sorbo de café y manos a la obra. La mente totalmente en blanco. Sólo haciendo caso a lo que veía: los pastelitos y mis manos que se dirigían con ellos hacia la boca.

Justo en ese instante, sonó el timbre del departamento. Quedé petrificado. Mi mente no alcanzaba a saber si era un sueño, era real, era el viento que había empezado a soplar un par de minutos antes, o era mi mente jugándome una mala pasada. Otra más. Tan inmóvil quedé que me atoré con los pastelitos. Mi boca, mi garganta, mi esófago, todo, todo estaba cubierto por una masa de harina, grasa, saliva, café que ya casi no me dejaba respirar.

Fue en ese momento que, apenas audiblemente, escuché unos gritos que detrás de la puerta del departamento llegaban hasta mí. Eran las voces de mis amigos, gritaban llamándome. Pero eso no era todo. Me llamaban cantando. Sí, cantando. Cantando la canción del buen amigo. Del compañero que siempre había estado junto a ellos, en las buenas y en las malas. Ese mismo. Me atraganté ya del todo. No sentía que el aire insuflara mis pulmones. No sentía nada. La cabeza me daba vueltas. Ví unas luces, unos destellos, parecían fuegos artificiales. Me desmayé.

Sonó el despertador. Sentí un sudor pegajoso que me corría por todo mi cuerpo. Tenía dolor de cabeza. Me dolía el cuello, mala posición ? o ésta maldita almohada que debía haber tirado hace tiempo pero no lo hice ? No había abierto los ojos cuando volví a sentir el timbre del teléfono. O era el timbre del departamento o era el despertador. Abrí los ojos de golpe. Demasiadas cosas se me agolpaban. Todas juntas. Demasiadas. Me incorporé. Encendí el velador. Me fijé en el reloj despertador y ví que eran las ocho de la mañana. Aún sonaba el teléfono. Estiré el brazo y descolgué el auricular. No llegué a decir nada. No llegué a expresar sonido alguno. Una dulce canción llegaba hasta mis oídos. Llenó mi espíritu y me colmó de gozo. Era la canción del amigo y entre sus corcheas y fusas, alcancé a percibir las voces de mis amigos, de Paco y de Lucía. Me deseaban Feliz Día del Amigo.

Las palabras se me agolpaban en mi mente para responderles, para agradecerles el haberse acordado, para contarles tantas cosas que sentía en ese momento. Sentí un click y no hubo sonido alguno. Separé el auricular de la oreja y quedé mirándolo perturbado, alegre y azorado a la vez. Asombrado también. Ahí recapacité en un brevísimo segundo que lo que había hecho, ingerido, atragantado, sólo había sido un sueño. Un sueño con un final muy pero muy feliz casi una experiencia religiosa. Me introduje entre las sábanas y mirando el techo amarillento, con una sonrisa, me quedé completamente dormido. Feliz.

(Todos los derechos reservados por el autor).

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