Rarezas epistolares, para ésta época

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Como siempre cuando se busca algo en particular, eso no aparece, pero sí surgen sorpresas, entre ellas, en una revista  Siete Días de Marzo de 1975, bajo el título “Modelo de Declaración de amor de un viejo rico y su negativa respuesta”, publican los textos que fueron extraídos de “Confesionario del amor”, Ediciones Olimpo, 1926 y que copiamos a continuación:

“Distinguida señorita:

Tenga el mayor placer de informarse a usted que todo cuanto valgo y todo lo que poseo lo pongo a sus pies. Usted bien me conoce no hay otra persona en esta localidad que tenga el apellido y la posición holgada de los míos. Ambas cosas las pongo a su disposición para que ocupe usted el puesto social que le corresponde por su juventud y rara belleza. Sus encantos tentadores, sus naturales hechizos, me tienen completamente fascinado, la portentosa imagen de su esbelta figura me persigue y obsesiona.

Su rostro, divinamente modelado, terso, aterciopelado; su cuello mórbido, blanco como el del cisne;  su seno amplio alabastrino, nido de caricias inefables; su redonda, escultural pantorrilla; su cuerpo todo, elegante y estéticamente tallado, que a través de sus vestidos lo vislumbro infinitamente tentador, han cautivado por completo mis sentidos, extraviando mis facultades.

Si usted no le teme a mis 58 años y a mi amor, que es todo pasión y delirio, hará mi completa felicidad aceptando ser mi esposa, mi compañera idolatrada.

Aguardo impaciente su respuesta, pues es inmensa el ansia que tengo de tenerla entre mis brazos y disfrutar las delicias del amor que su núbil y casto estado me sugiere. Mientras espero su cariñosa contestación reciba las mayores seguridades de estima y respeto de este apasionado admirador.

Estimado Señor:

Acuso recibo de su atenta carta. Me sorprendieron, a su edad, los sentimientos juveniles, la pasión violenta que dice usted sentir hacia mi persona. Más aún, he quedado estupefacta; usted no ignora que yo soy una joven desheredada de la fortuna; por otra parte, mi edad, incomparable con la suya, pues yo cuento 19 años y usted 58, son factores que entorpecerían nuestra unión. Para mí, que sólo miro las cualidades del espíritu, ni las diferencias de fortuna o edad, serían un obstáculo definitivo si yo le amase.

Pero al asomarme a su espíritu y  a través de su carta, nada bueno he visto. ¿ Cómo una persona distinguida, de 58 años de sólida posición puede dirigirse a una joven pobre haciendo gala de un extravío tan lamentable ? ¿  Cómo puedo yo ser la esposa de un hombre que desea estar continuamente pegado a mí como si fuera un pulpo para absorberme y que pasa por alto mis virtudes, mis cualidades morales y que solo pondera la mórbidez de mi cuello, lo amplio de mi seno, lo escultural de mi pantorrilla ?  ¡ Cuánto mejor le fuera si impulsado por otros sentimientos pusiera en práctica los dones del espíritu dejándose así de perturbar con pensamientos bajos y lujuriosos a usted mismo y a los demás. No me importune más con sus solicitudes epistolares que bien sé cuál es la clase de amor que usted alimenta, El amor que yo anhelo, sencillo y veraz, anida en el fondo de los espirítus. Esa es mi última palabra. Lo saluda a usted.”

Sin palabras.

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